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De venteros, dólmenes y tesoros. 4ª Entrega.Francisco J. Martínez Guerra. (Relato inspirado en la tierra y su pasado con personajes, hechos y lugares de ficción)

Foto Mergelina 1924. Túmulo, al fondo el Tajo de las Figuras
Mira yo tengo oído que aún deben quedar muchos enterrados, no solo de entonces, incluso de antes y después de los moros. Siempre hubo ricos que en épocas revueltas escondían el dinero; no es como ahora que hay bancos. Antes no era así, y los ricos, temiendo a los ladrones, enterraban y emparedaban sus monedas y sus joyas en lugares secretos.


Ya va más de
La laguna de la Janda. Foto Juan Cabré 1914
dos años que unos cazadores de Algeciras, comiendo en el ventorrillo, comentaban que por aquí pasaron muchos moros y judíos camino de África. Iban con borricos cargados con cofres y bolsas de cuero llenas de monedas de oro y plata. Les escuché decir que los habían expulsados los reyes y la mayoría pensaban regresar en cuanto el rey levantase el destierro. Con la idea de volver pronto, temiendo que a donde iban, tierras de la morería al otro lado del Estrecho, podían ser víctimas de robos e incluso asesinados con tal de robarlos, parte de lo que llevaban lo dejaron por aquí enterrado.

Aquella gente nunca regresó a España y sus tesoros deben seguir ocultos por estos lugares. Después de tanto tiempo alguien habrá encontrado alguno, que siempre hubo buscadores de tesoros, pero de seguro más de uno sigue todavía enterrado aquí, en la sierra. Dios sabrá dónde, la cuestión es encontrarlo.
 
Foto Juan Cabré 1914
Era la menoría viva del pueblo, el boca a boca de las noticias que de hijos a padres iban pasando, cada vez más exageradas, y que ahora, Blas, amigo de historias y relatos, contaba de corrido a sus amistades en el ventorrillo. Y entre esas historias, más o menos fantásticas, estaban estas de tesoros, uno de  sus temas preferidos, que casi siempre acababan sin el final feliz de un hallazgo. Y eso fue lo que pasó y se cuenta sobre unos hechos más o menos ciertos que tuvieron como protagonistas los dólmenes del Tajo de la Figura.
 
Otro túmulo más pertenecientes a los dólmenes del Celemín. Foto Mergelina 1924
Pero aquello había sucedido hacía más de treinta años de la conversación que Chano y Blas mantenían en Las Aguadillas desde media mañana. La charla duraba casi dos horas y solo Dios sabe cuando acabaría pues aunque Blas miraba con frecuencia las manillas de su reloj quejándose de lo tarde que era y Coronela, moviendo las orejas y enseñando los dientes reclamaba del amo un puñado de paja, es posible que Blas, ausente del tiempo y de la hora, iniciara un nuevo tema de conversación que ojalá fuera el relato de los tesoros de los dólmenes que de seguro ilustraría con el don de su peculiar gracia narrativa y su sabiduría de la vida.
 
Dolmen número 4, en el Tajo de las Listona. Foto Mergelina 1924
Blas había oído esta historia de labios de Joaquín Loperena. Fue el día que, con Chano, comieron los tres en el ventorrillo. El día anterior, en las Aguadillas, se apartaron los toros de dos corridas de ferias importantes y Joaquín, satisfecho, quiso celebrarlo por lo que mandó aviso a Blas para quedar al día siguiente. La mañana era esplendida, agradable el paseo a caballo hasta allá y muchas las ganas beber, comer y charlar al fresco bajo el sombrajo del ventorrillo en plena sierra. La conversación con Blas era cosa hecha, siempre agradable y divertida, y más tratándose de historias del lugar de las que Joaquín también tenía cosas que contar; eso sí, mientras no se tratase del tesoro que perdió D. Rodrigo en la batalla de la Janda, secreto que solo para él guardaba.

Entre bocado y bocado de unas perdices escabechadas, Joaquín desgranaba la historia de unos hechos de los incluso hablaron, en tertulias de la época, conocidos profesores que tanto sabían del arte rupestre de España y en particular de las pinturas y los dólmenes del Tajo de la Figura, descubiertos años después. Incluso se comentaba, en aquellas tertulias, el revuelo que se generó en el lugar al correrse la noticia de la existencia de tesoros enterrados.

Blas, aquel día, que además de anfitrión atendía los platos y la abundante bebida de la mesa, no pudo seguir bien la historia que Joaquín contaba. Además le aburrían las farragosas explicaciones sobre como los hombres de la prehistoria construían sus dólmenes con pesados monolitos y la utilidad de aquellos monumentos. Tampoco le agradó a Blas la falta de cuidado y el poco respeto de los buscadores de tesoros con tan venerables piedras y hasta se acordó de su mili en Tetuán y de los veteranos que maltrataban a Canuto. Pero estos hechos, recogidos en la memoria de alguna gente y en numerosos escritos, no se pueden juzgar del modo severo que Blas los sentía sin tener en cuenta las circunstancias de crisis económica y social, el atraso cultural y la pobreza de un país en el que cosas como aquellas ocurrían en todas partes.

Aunque no pude oír de Blas su versión personal del relato si pude copiar el escrito a máquina que Joaquín le hizo llegar, por medio de Chano, algunos días más tarde de aquella comida. Una tarde, hablando de tesoros en el ventorrillo, Blas sacó del cajón del mostrador donde guardaba sus papeles importantes un sobre en el que figuraba a mano el siguiente texto “Los tesoros de los dólmenes del Tajo de las Figuras (Apuntes) J. Loperena”. Y esta es la transcripción literal de esos papeles.


Los tesoros de los dólmenes del Tajo de las Figuras. Apuntes. (J. Loperena.)

Sucedió que por entonces se hablaba en el lugar de gente venida de fuera, que andaba buscando tesoros ocultos, incluso de noche. Eso contaban los mismos que al preguntarle quienes eran respondían “yo no los he visto; no te lo puedo decir” y parecía extraño que todo el mundo hablase de lo que nadie había visto. Era como cuando un lugareño hacia correr un bulo interesado en crear una determinada opinión en  la aldea. Eso debió de ocurrir con los tesoros; la noticia fue engordando de boca en boca llegándose a decir, sin fundamento, los nombres de las personas que de noche se los llevaban y la parte de la sierra por la que huían con ellos.

Esta vez, fue con motivo de la llegada al lugar de un arqueólogo de Madrid, Cayetano Mergelina, quien, con anterioridad, había visitado los dólmenes del Tajo de las Figuras con el abate H. Breuil, el sabio francés que los descubriera, por el año 16, un día que desde el Cuervo se dirigía a Casas Viejas.

Aquel día, a la altura del Tajo de las Figuras, lugar que conocía muy bien, Breuil se detuvo a observar, con mayor detenimiento que otras veces, el paisaje que se extiende entre el camino y las márgenes del Celemín fijándose en varios montículos de tierra, próximos entre sí, a los que identificó, sin la menor duda, como túmulos de unos dólmenes, los dólmenes del Tajo de las Figuras, llegando a localizar y documentar hasta diez de ellos.

Para un profano se trataba de unas covachas semiderruidas formadas con grandes piedras. Medio enterradas y ocultas por la maleza, durante siglos, sirvieron de cobijo de animales y personas. Según el sabio se trataba de un grupo de tumbas megalíticas pertenecientes a la comunidad de hombres del neolítico asentada, posiblemente entre el primer y el segundo milenio a. de C., en aquellos parajes de clima benigno en los que además de una vegetación frondosa abundaba la caza. Quizás los mismos hombres que también decoraron las cuevas de los alrededores cubriendo techos y paredes con hermosas pinturas.
 
Foto Mergelina. 1924. Otro túmulo más
Cayetano Mergelina, ajeno a los rumores que por allí corrían desde tiempos en que Breuil descubriera los dólmenes, llegó al lugar ilusionado con la idea de continuar las investigaciones de un territorio rico en restos arqueológicos diseminados por la planicie ondulada del Celemín, llevando a cabo una campaña minuciosa que incluía no solo localizar nuevos focos dolménicos, también labores de despejes, desbroces y excavaciones en el terreno que permitieran un mejor conocimiento de lo hallado a la fecha. Y aún tuvo oportunidad Mergelina de localizar cuatro nuevos dólmenes.

Pero los ganaderos del Tajo de las Figuras, según Mergelina, pensaban que las tumbas, como las egipcias, podían guardar joyas y monedas por lo que andaban alertas, preocupados con los movimientos de gentes desconocidas que decían merodeaban y pateaban sus propiedades en la idea de llevarse, si es que ya no lo habían hecho, los tesoros ocultos de los dólmenes que, de haberlos, solo a ellos pertenecían.

Temiendo que Mergelina había venido con esta finalidad no le permitieron continuar sus trabajos prohibiéndole, en adelante, la entrada en sus fincas. Así que el arqueólogo, si llegó lleno de ilusión y entusiasmo, marchó del lugar decepcionado sin poder llevar a buen puerto su misión.


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