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De venteros, dólmenes y tesoros. 2ª Entrega.Francisco J. Martínez Guerra. (Relato inspirado en la tierra y su pasado con personajes, hechos y lugares de ficción)

José Rojas Gómez
Recordando la mili, otro de sus temas favoritos, contaba Blas con gracia su vida de cuartel y lo mal que se lo hizo pasar Canuto, un mulo que se negaba a dar un paso cuando, tras muchos esfuerzos, lograba aparejarlo y cargarle las piezas de un cañón ligero de montaña para salir de maniobras. 

Andrés y José Casas sobre 1970, haciendo la mili

Fue el sargento de cuadra, nada más llegar tras dos meses de instrucción en el campamento, quien le asignó Canuto. Un regalo que le tocó por el hecho de ser el último en incorporarse a la unidad de artillería de montaña de aquel cuartel.

Tan maleado estaba el mulo que nada más verlo, no dejándose aparejar y menos cargar, si lo tenía de frente se le echaba encima tratando de arrollarlo y cuando le perdía la cara intentaba cocearlo. Y en esa lucha pasó Blas media mili, se podía decir que en guerra particular con Canuto, sin poder hacer carrera de un animal terco y resabiado.
Antonio Barberán Cózar

“Castígalo, ya verás cómo se ablanda y te entiende; procura no te vea el sargento y menos el teniente; este te mete un puro” le decían los veteranos “Es la única manera de cargarlo y hacerlo andar”. Pero Blas acostumbrado, desde pequeño, a moverse entre las patas y tirar de la cola de las mulas de la casa de su padre, arriero como él, nunca tuvo necesidad de castigar a los animales. No entraba en su cabeza esos modales, más bien malos tratos, negándose de pleno a seguir los consejos que le daban los compañeros sobre la forma de meter en vereda a Canuto: “muélele el lomo a palos y dale patadas en la barriga si se planta”, le recomendaban. Y a eso no estaba dispuesto Blas por muchos arrestos que le pudieran caer en el cuartel.
Antonio Barberán Jiménez 

Bien caro pagó Blas sus buenos principios, eso contaba y hasta con cierto orgullo. Fueron muchas las broncas del sargento y varios los arrestos que le cayeron por ser siempre el último en llegar al toque de llamada. “Eso le pasa por tonto”, decían los otros, cuando sofocado aparecía en el patio tirando de Canuto, temiéndose lo peor, entre la rechifla de los veteranos y el enfado del capitán. Ya hacía rato que la unidad formada lo esperaba para salir de maniobras.
Diego Torres García, hacía 1935

Para colmo, en las cuadras, uno de Palencia, tuvo la ocurrencia de llamarle “Coronela” al mulo Canuto y el mote, en voz baja y a espaldas del sargento, corrió entre los soldados que de este modo, mofándose de la esposa, se vengaban del jefe del regimiento.
José Vera en Tetúan en 1947

Decían que era un hombre duro a quien temían hasta los capitanes. Y era que el coronel no paraba, siempre preocupado con la instrucción, la disciplina, la limpieza y la actividad del cuartel. Cada dos por tres pasaba revista a la tropa que esperaba, hacía rato, formada en el patío bajo un sol de castigo. Y a la mínima, nada más verte con las botas sucias, el pelo asomando bajo el gorro, el cerrojo del mosquetón oxidado o un botón desabrochado, que hasta en eso se fijaba el hombre, te echabas a temblar pensando en la que se te venía encima. Señalándote con la vara de mando, miraba al capitán y le decía: “a este cuartel” y te caían siete días de arresto sin poder salir. Así que Blas, que no alcanzaba a entender aquello de la mili, había noches que se despertaba asustado, viéndose en el calabozo, dando por hecho que el mote de Canuto había llegado a oídos de su coronel.
Juan Guerrero Sánchez

Pero si terco era Canuto, más lo era Blas. Logró domarlo a base de paciencia y buen trato, como si fuera uno más de los animales de la cuadra de su casa. Y por fin Canuto dejó de pegar coces, arreones y mordiscos cuando Blas lo manejaba volviéndose animal de trato dócil y confiado. De eso se enorgullecía Blas, nadie lo había conseguido, claro que nadie lo había intentado hasta entonces, ni siquiera el sargento que iba pasando el mulo más difícil de la cuadra al último que se incorporaba al cuartel.
Manolo Flor Cabeza

Y llegó Blas a cogerle aprecio, tanto, que cuando se licenció, se despidió de Canuto ofreciéndole media docena de zanahorias que afanó, sin más, de la cocina que, para entonces, con dos años de mili a sus espaldas, Blas sabía bien cómo moverse dentro del cuartel. Y ese día Canuto lo miraba triste como presintiendo que se separaban para siempre. Y así fue.
Bernardo Castellet Grimaldi, De la quinta del biberón, herido en la guerra civil en la batalla de Pozoblanco

Ahora, hombre maduro, por esa sabiduría de la memoria que guarda con preferencia lo mejor de la vida, a Blas solo le gustaba recordar lo bueno de sus dos años de juventud sirviendo a la Patria en un cuartel de África. Tampoco lo pasé tan mal, ni tan malo era Canuto, se decía alejando de sus pensamientos los malos ratos que también pasó. Pobre animal, noble como el que más, mucho le habían zurrado hasta que yo llegué; y el sargento, ese lo sabía, se quitaba de en medio para no darse por enterado.
Miguel Jiménez, entre otro, haciendo la mili, en Madrid

El teniente si que me felicitó por haber sido capaz de domarlo. Ya me costó lo suyo pero ese día me quedé contento. Estuvo bien el hombre, como si fuera mi padre, me aconsejo me presentase a cabo, así podía quedarme reenganchado cuando me licenciasen y, más adelante, hacer los cursos de sargento. De cabo se cobra una paga al mes, me dijo el teniente, pero eso ya no entraba en mis cálculos, dos años de mili eran demasiado y aún me quedaba uno.

Eso si, por quedar bien, me excusé diciéndole que en el pueblo me esperaba la novia y mi padre me echaba a faltar en el negocio. Y aunque era cierto, en ese momento yo solo pensaba en lo larga que se me hacía la vida de soldado y los muchos arrestos que me había costado Canuto. Así que de reenganche nada de nada que una cosa es servir a la Patria y otra por más tiempo del que me corresponda; y tampoco era mucho lo que ganaba un cabo.

Oír ¡El coronel!, cuando aparecía por sorpresa, era echarse a correr y a temblar en el cuerpo de guardia. Ahora pienso que era un hombre justo y no tan malo como decían. Duro si que era, pero, en lo que yo veía, se ocupaba de la tropa más que otros. Se interesaba por las clases de los analfabetos, que eran muchos, por los soldados rebajados en la enfermería y en el hospital, del rancho, las colchonetas, las mantas y las literas en los barracones…quería que de allí saliésemos mejor que llegamos. Y así, tras el toque de retreta, cada día te ibas a la cama bien cenado y sin miedo a los bichos. “Aquí sí que comemos y no en el campamento; allí nos mataban a hambre y encima nos comían las chinches” decían los novatos recién incorporados.

Recordaba Blas los nombres de los buenos amigos que hizo en el cuartel, cada uno de un sitio, y aunque no volvió a verlos, eran agradables los recuerdos de los momentos y ocurrencias que vivió con ellos. “Llegué hecho un pardillo y tuve que espabilar. A la mili se lo debo, conocí mundo y allí me hice un hombre” decía a unos y otros recordando sus vivencias, hasta las pesadas novatadas que le gastaron los veteranos a su llegada.

Y en base a esos recuerdos Blas puso el nombre “Coronela” a la mula más noble de su recua. Con ella se quedó cuando vendió sus animales de carga y con Coronela se dedicaba ahora a la recova desde un ventorrillo en plena sierra.

Y es que, por entonces, la mili, lejos de casa y del pueblo, significaba para muchos jóvenes, los quintos, una experiencia que recordarían de por vida. Al menos eso decía Blas.
Todas las fotos proceden del facebook Historia de Benalup-Casas Viejas desde las fotos

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