Los boniatos de la postguerra. 1

Ya hemos visto que de todos los factores que intervenían en el emplazamiento de Casas Viejas (cruce de vías pecuarias, emplazamiento en la ladera de la mesa, cercanía del Barbate y la sierra, etc) va a ser la existencia del acuifero bajo la mesa el más importante de todos. Así el afloramiento de agua en fuentes y manantiales permite los dos aprovechamientos tradicionales más representativos; Las huertas y los molinos.

Mintz lo explica así:
“En Casas Viejas, el agua que fluía a través del pueblo era compartida por molineros y hortelanos. Primero era empleada en los molinos para accionar las ruedas. Luego pasaba por debajo del pueblo para llegar a una sección de huertas, donde servía para irrigación por turnos. Cuando le llegaba su turno, el hortelano sacaba las rocas de la zanja de irrigación que llevaba a su huerta y las colocaba en la corriente para bloquear el curso del agua. Cuando terminaba su turno, volvía a poner las rocas en su sitio para permitir que el agua continuara su curso. Los turnos eran de tres semanas, alternando días y noches para que cada huerto pudiera disfrutar ampliamente del agua. Cuando se vendían las huertas, se vendían los derechos de agua junto con el terreno; y cuando fueron subdivididas a través de la herencia, también se dividía el tiempo permitido para divergir la corriente principal”.

La existencia de agua y de huertas está probada desde la época musulmana. En la postguerra esa riqueza hortícola hizo hacer más llevadera la etapa de penuria y pobreza. Hoy nos vamos a detener en un producto de la huerta; el boniato blanco, que fue unos de los verdaderos protagonistas de la huerta benalupense de aquella época. Los boniatos, en la posguerra española, se convirtieron en uno de los alimentos claves de la sociedad española. En muchos casos, ante la escasez de patatas, los boniatos se comían incluso fritos o en guisos, como ingrediente principal de las comidas. Dice Pepe Monforte: 
”Encontramos también una cocina singular en torno a los boniatos. Fueron el gran descubrimiento de la cocina de la Posguerra. Como ya he dicho alguna vez el mismo nombre lo dice: eran bonitos y baratos, bon y ato. En esta época los más habituales eran los boniatos blancos, ahora más difíciles de encontrar en el mercado ya que han sido sustituidos por los coloraos mucho más dulces. Por entonces se apreciaba más el blanco precisamente por eso, porque era menos dulce. Gustaban más que una zona azul al Ayuntamiento de Cádiz. Los boniatos blancos se aderezaban con clavo y canela en los guisos para debilitar al máximo su dulzura ya que se cocinaban como las patatas”.  
La patata había sido un alimento tradicional en la dieta de la zona. Pero después de la guerra empezaron a escasear, habiendo más demanda que oferta. Con fecha de 30-6-1941 el alcalde de Medina escribe al gobernador:

“Pongo en su conocimiento que en cumplimiento de cuanto tiene ordenado se ha procedido al primer reparto por medio de la Cartilla de Racionamiento de la patata procedente de la cosecha de esta localidad, a razón de un kilo por persona; pero siendo Medina zona deficitaria… me permito rogar a V.E. se digne dar las órdenes oportunas para que se envié cantidad suficiente de dicho tubérculo para poder suministrar nuevamente a esta población el citado artículo”.

En la fotografía de Mintz, 1969, huerta de Ricardin.

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